Rima LX

Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz,
eso eres tú.

Tú, sombra aérea, que cuantas veces
voy a tocarte te desvaneces.
¡Como la llama, como el sonido,
como la niebla, como el gemido
del lago azul!

En mar sin playas onda sonante,
en el vacío cometa errante,
largo lamento
del ronco viento,
ansia perpetua de algo mejor,
eso soy yo.

¡Yo, que a tus ojos en mi agonía
los ojos vuelvo de noche y día;
yo, que incansable corro y demente
tras una sombra, tras la hija ardiente
de una visión!

Los dos compadres

Ya un poeta de la antigüedad lo decía con estas ó semejantes palabras: «Ven, amigo, hablaremos de largo y te daré á beber vino del tiempo de los cónsules». En todas las épocas, la embriaguez y la expansión han tenido por cuna el mismo tonel y han andado juntas de la mano. ¡Singular influencia de un poco de líquido que se ingiere en el estómago del hombre! ¡Desarruga el ceño del adusto, infunde osadía en el tímido, desarrolla las corrientes magnéticas de la simpatía para con los extraños, abre de par en par las puertas á los secretos del alma, rompe, en fin, el hielo de la calculada reserva que se funde á su dulce calor en cómicos apostrofes ó en lágrimas de grotesca ternura!

El jugo de la vid tiene su epopeya en los himnos de Anacreon, la poesía ha prestado á sus inspiraciones las alas de la oda en los espondeos de Horacio, las jácaras de Quevedo cantan sus picarescas travesuras entre las gentes de baja estofa, aún en nuestro siglo brota espontánea la canción báquica como la flor de la orgía, ¡Qué mucho que en la antigüedad haya tenido adoradores de buena fe un dios sin altar y sin culto!

Entre nosotros, generación nerviosa é irritable cuya inquieta actividad sostiene la continua exaltación del espíritu, el vino ejerce un muy diverso influjo del que debió ejercer entre los hombres de las edades primitivas. Embriagados casi desde el nacer, ya de un deseo, de una ambición ó una idea, constantemente sacudidos por emociones poderosas, el suave impulso de un licor generoso se hace apenas perceptible en el acelerado movimiento de nuestra sangre en el estado de fiebre que constituye nuestra agitada y febril existencia. Para obviar á este defecto, hemos recurrido al alcohol. Pero el alcohol es al vino lo que la carcajada histérica de un demente es á la rica, fresca y sonora de una muchacha de quince años. El uno es el entusiasmo, el otro es la locura; éste apaga la sed, aquél consume las entrañas. La última palabra del vino es el ronquido formidable del Sileno griego. El alcohol ha legado á los hombres como un don funesto el delirium tremens.

No nos es fácil, pues, calcular todo el efecto que haría en una raza nueva más tranquila, más fuerte, menos propensa á la exaltación, ese secreto y misterioso impulso que despierta la actividad de las facultades, ese fluido que circulando con la sangre comienza por aligerar su curso, aguijonear las ideas perezosas y abrir los poros del alma á los sentimientos y las emociones. Con razón creyeron que sólo un Dios podía haber hecho á los hombres tan agradable presente. ¡Evoe! ¡evoe! gritaban los sacerdotes invocando á Baco. «Baja á nosotros», añadían, apurando copa tras copa, y cuando la embriaguez divina agitaba sus miembros, cuando el vapor del líquido subía á su cabeza, exclamaban llenos de místico alborozo: «El Dios ha bajado».

La mano del tiempo ha derribado la divinidad, aunque no se ha perdido el culto. Al cambiar de épocas, hemos despojado á sus adoradores del carácter sagrado con que se revestían. Después de arrebatarle el tirso, la corona de pámpanos y la piel de tigre, hemos dejado al sacerdote del antiguo templo en cuyo vestíbulo nació la tragedia clásica, convertido en el borracho vulgar que se desploma á la puerta de la taberna.

A pesar de todo, lejos del agitado círculo en que bullen y se codean las ambiciones y los intereses, rari nantes in gurgite vasto, aún se encuentran algunos tipos que traen á la imaginación reminiscencias de aquellas pasadas glorias.

Los que han estudiado con algún detenimiento las costumbres populares, así en nuestro país como fuera de él, suelen mostrarse á menudo maravillados de las singulares coincidencias que existen entre las costumbres y los usos modernos de los habitantes de ciertas localidades y las de los pueblos más remotos de la antigüedad. Y efectivamente, si con la diligencia y la condición de los que se afanan en busca de la ignota raiz de una palabra, hasta que profundizando en las capas primitivas del lenguaje humano, resulta al fin sánscrita ó caldea, se buscara la generación de ciertas ceremonias y hábitos, veríamos, persiguiéndolos en sus modificaciones al través de los siglos, que aparecían al fin enlazándose y como derivación natural de ceremonias, costumbres y fiestas olvidadas ya, ó de las que juzgamos no queda el menor vestigio. Y una cosa semejante sucede respecto á algunos tipos de las edades pasadas cuyos moldes parece que se rompieron después de vaciarlos.

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Memorias de un Pavo

No hace mucho que invitado a comer en casa de un amigo, después que sirvieron otros platos confortables, hizo su entrada triunfal el clásico pavo, de rigor durante las Pascuas en toda mesa que se respete un poco y que tenga en algo las antiguas tradiciones y las costumbres de nuestro país.

Ninguno de los presentes al convite, incluso el anfitrión, éramos muy fuertes en el arte de trinchar, razón por la que mentalmente todos debimos coincidir en el elogio del uso últimamente establecido de servir las aves trinchadas. Pero como, sea por respeto al rigorismo de la ceremonia, que en estas solemnidades y para dar a conocer, sin que quede género de duda, que el pavo es pavo, parece exigir que éste salga a la liza en una pieza; sea por un involuntario olvido o por otra causa que no es del caso averiguar, el animalito en cuestión estaba allí íntegro y pidiendo a voces un cuchillo que lo destrozase; me decidí a hacerlo, y poniendo mi esperanza en Dios y mi memoria en el Compendio de Urbanidad que estudié en el colegio, donde, entre otras cosas no menos útiles, me enseñaron algo de este difícil arte, empuñé el trinchante en la una mano, blandí el acero con la otra, y salga lo que saliere, le tiré un golpe furibundo.

El cuchillo penetró hasta las más recónditas regiones del ya implume bípedo; mas juzguen mis lectores cuál no sería mi sorpresa, al notar que la hoja tropezaba en aquellas interioridades con un cuerpo extraño.

-¿Qué diantre tiene este animal en el cuerpo? -exclamé, con un gesto de asombro e interrogando con la vista al dueño de la casa.

-¿Qué ha de tener? -me contestó mi amigo, con la mayor naturalidad del mundo-. Que está relleno.

-¿Relleno de qué? -proseguí yo, pugnando por descubrir la causa de mi estupefacción-. Por lo visto, debe ser de papeles, pues a juzgar por lo que se toca con el cuchillo, este animal trae un protocolo en el buche.

Los circunstantes rieron a mandíbula batiente mi observación.

Sintiéndome picado de la incredulidad de mis amigos, me apresuré a abrir en canal el pavo, y cuando lo hube conseguido, no sin grandes esfuerzos, dije en son de triunfo, como el Salvador de Santo Tomás:

-Ved y creed.

Había llegado el caso de que los demás participasen de mi asombro. Separadas a uno y otro lado las dos porciones carnosas de la pechuga del ave y rota la armazón de huesos y cartílagos que la sostenían, todos pudimos ver un rollo de papeles ocupando el lugar donde antes se encontraron las entrañas y donde entonces teníamos, hasta cierto punto, derecho a esperar que se encontrase un relleno un poco más gustoso y digerible.

El dueño de la casa frunció el entrecejo. La broma, caso de serlo, no podía venir sino de la parte de la cocinera, y para broma de abajo arriba, preciso era confesar que pasaba de castaño oscuro.

El resto de los circunstantes exclamaron a coro, pasado el primer momento de estupefacción, que lo fue asimismo de silencio profundo:

-Veamos, veamos qué dice en esos papeles.

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Las dos olas

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No hace muchos días que entré en el estudio de mi amigo Casado á tiempo que daba los últimos toques á un lienzo cuyo asunto llamó mi atención. Y digo asunto, porque aun cuando visto á la ligera, podría decirse que en rigor carecía de él, toda vez que era sólo un retrato: el sexo, la edad y la hermosura del tipo, junto al carácter y la grandeza del fondo, formaban cierto contraste y armonía particular, de la que brotaba una idea. ¿Y qué más debe pedirse para asunto de una obra de arte?

La mejor muestra de cortesía que puede darnos un pintor cuando se entra en su estudio, es seguir pintando. Dejar la paleta y los pinceles, equivale á decir al recien venido: «Acabe usted pronto, porque tengo que continuar».

Casado prosiguió, pues, trabajando á mi llegada: yo comencé á fumar, y como ninguna de las dos operaciones, particularmente la mía, estorba el hablar, aunque á retazos, charlamos un poco de todo, hasta venir á dar en la frase que de algún tiempo á esta parte es el eterno estribillo de mis conversaciones, siempre que acierto á encontrarme con un escritor ó artista amigo: — ¿Cuándo nos da usted algo para La Ilustración de Madrid.

— Cuando usted quiera — me respondió Casado; — pero ya ve usted, ahora no tengo nada… es decir, nada á propósito.

— ¡A propósito!… Para un periódico del género del nuestro, es todo lo que tenga algún carácter artístico ó en algún modo pueda interesar al público… por ejemplo, ese retrato… ¿por qué no nos da usted el dibujo?

— ¡De este retrato!… ¡El retrato de una niña de cuatro ó cinco años… adorada, es cierto, de sus padres y su familia, muy conocida… de su aya y en los círculos que juegan al alimón en el Parterre del Buen Retiro, y en la fuente de las Cuatro Estaciones! ¿Y qué pondríamos debajo de la lámina? Porque lo primero que necesita un grabado, como un libro ó una comedia, es un título: ¿pondríamos Retrato de la sobrina del autor? ¡Estaría chistoso! En el retrato de una persona sin importancia para la generalidad, sólo puede apreciarse el parecido ó las condiciones de la ejecución… Lo primero es grave asunto sólo para la familia; de la ejecución y el color, ¿qué puede quedar en las columnas del periódico?

— ¿Es decir — objeté yo — que usted cree que un retrato… este que tenemos delante, no es más que una fotografía iluminada… y el arte no va más allá?

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El Carnaval

Hay gentes que tienen en la uña el almanaque y saben en qué día preciso entran y salen las estaciones, cambian las lunas y caen tales ó cuales santos, éstas ó las otras fiestas. Yo tengo la felicidad de olvidar fácilmente todo lo que me importa poco, y como entre otras cosas se encuentran en el número de éstas los detalles del calendario, de aquí, que la mayor parte del año estoy como los niños en el Limbo, sin saber el día ni la hora en que me encuentro.

Para mí es primavera cuando el aire templado y suave trae á mi oído armonías extrañas envueltas en el perfume de las primeras flores, y otoño cuando al pasear por entre las largas alamedas el ruido especial de las hojas amarillas, que crujen bajo mis pies, me llena el alma de un sentimiento melancólico é indefinible. Si el viento de Guadarrama me enrojece la punta de la nariz, exclamo endosándome el gabán de más abrigo: ¡Diantre, sin saber cómo ni por donde, se nos ha entrado el invierno! Y si, por el contrario, el calor me obliga á aflojarme el nudo de la corbata, ya no me cabe duda de que el estío comienza á dorar las mieses y á tostar los hombres.

Hay sin embargo dos solemnidades ó fiestas ó como se las quiera llamar, en el año, que nunca pasan inadvertidas para mí, porque á semejanza de las golondrinas que anuncian la estación templada con su vuelta, las preceden ciertas señales características. Estas son el día de difuntos y el Carnaval. No sé precisamente en qué estación ni en qué mes; pero ello es que hay un día en el año que al pararme distraído delante de una de esas lujosas anaquelerías de la Carrera de San Jerónimo, allí donde otras veces me he detenido á contemplar uno de esos adornos de flores y de plumas destinado á ornar la espesa cabellera de una dama elegante y hermosa, y á besar con sus flotantes cabos de cintas sueltas, su redonda espalda ó su seno mal encubierto por un encaje finísimo, me encuentro con una corona de pálidas siemprevivas, en cuyo centro y entre un diluvio de lágrimas de talco, dice con letras de oro y dos colosales signos de admiración: ¡A mi esposo!

La fiesta de Todos los Santos se aproxima, digo entonces entre mí, los mercaderes de la muerte comienzan á sacar á luz la bisutería del dolor. En otras ocasiones vagando al azar por las calles comienza á sorprenderme un espectáculo extraño.

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Castillo real de Olite

(notas de un viaje por navarra).

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La ciudad de Olite, célebre en la historia de Navarra por haber tenido en ella asiento algunos de sus reyes, está situada á la margen derecha del Zidacos y en una dilatada llanura, que riegan y fecundan las aguas de este río. Tal vez para mal de sus intereses materiales, pero indudablemente para bien del artista que busca en los pueblos de la vieja España rastros de otros siglos y otras costumbres, la moderna civilización no ha llevado aún la manía de las demoliciones y las restauraciones á Olite; de modo que todavía pueden admirarse algunos notables vestigios de su esplendor pasado.

La ciudad debe su origen á la época goda en que la fundó Suintila, con el nombre de Ologito; pero de estos remotos tiempos, apenas se conserva más que la memoria del sitio que ocuparon algunos muros; pues los restos que aún se señalan como primitivos, no lo parecen.

La invasión árabe la redujo á ruinas, y después de reconquistada, comenzó á repoblarse á principios del siglo XII, creciendo poco á poco en importancia hasta llegar á ser asiento de los reyes navarros, y ver celebrar cortes importantes en su recinto.

La ciudad de Olite, aunque pequeña, anuncia desde su entrada la importancia de que gozó en un tiempo, y permite que se note á primera vista el carácter religioso y guerrero, que campea en sus monumentos más célebres. Cuando llegamos á la población, la noche había cerrado por completo y las grandes masas verticales de sus bastiones, que se destacaban oscuros sobre el cielo estrellado y de un azul intenso, parecían los gigantes guardianes de la antigua é imponente puerta ogival que da paso á su recinto. A la luz de un pequeño farolillo, que colgaban delante de un retablo empotrado en el grueso del muro, pudimos distinguir algunas figuras típicas de jornaleros del país, que volvían á sus hogares con los instrumentos de la labranza al hombro y que al entrar saludaban devotamente á la imagen.

Una calle corta, oscura y formada por casas desiguales y caprichosas, entre las que descollaban algunas, cuya masa imponente y denegrida acusaba su antigüedad, nos condujo á una gran plaza donde, según las indicaciones que traíamos, se debía de encontrar nuestro alojamiento. La posada, parador ó mesón donde al fin nos instalamos, á juzgar por la rápida y escudriñadora mirada que dirigimos á nuestro alrededor al traspasar sus umbrales, era una copia fiel de los históricos mesones que ya habíamos examinado en Castilla, y para cuya descripción puede aún aprovecharse algún párrafo de Cervantes. Con tal escrupulosidad se conservan en algunos puntos de España, la tradición de estos establecimientos públicos.

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