A Casta

jovenRomantica

Tu aliento es el aliento de las flores,
Tu voz es de los cisnes la armonía;
Es tu mirada el esplendor del día
y el color de la rosa es tu color.

Tú prestas nueva vida y esperanza
A un corazón para el amor ya muerto,
Tú creces de mi vida en el desierto
Como crece en un páramo la flor.

Memorias de un Pavo

No hace mucho que invitado a comer en casa de un amigo, después que sirvieron otros platos confortables, hizo su entrada triunfal el clásico pavo, de rigor durante las Pascuas en toda mesa que se respete un poco y que tenga en algo las antiguas tradiciones y las costumbres de nuestro país.

Ninguno de los presentes al convite, incluso el anfitrión, éramos muy fuertes en el arte de trinchar, razón por la que mentalmente todos debimos coincidir en el elogio del uso últimamente establecido de servir las aves trinchadas. Pero como, sea por respeto al rigorismo de la ceremonia, que en estas solemnidades y para dar a conocer, sin que quede género de duda, que el pavo es pavo, parece exigir que éste salga a la liza en una pieza; sea por un involuntario olvido o por otra causa que no es del caso averiguar, el animalito en cuestión estaba allí íntegro y pidiendo a voces un cuchillo que lo destrozase; me decidí a hacerlo, y poniendo mi esperanza en Dios y mi memoria en el Compendio de Urbanidad que estudié en el colegio, donde, entre otras cosas no menos útiles, me enseñaron algo de este difícil arte, empuñé el trinchante en la una mano, blandí el acero con la otra, y salga lo que saliere, le tiré un golpe furibundo.

El cuchillo penetró hasta las más recónditas regiones del ya implume bípedo; mas juzguen mis lectores cuál no sería mi sorpresa, al notar que la hoja tropezaba en aquellas interioridades con un cuerpo extraño.

-¿Qué diantre tiene este animal en el cuerpo? -exclamé, con un gesto de asombro e interrogando con la vista al dueño de la casa.

-¿Qué ha de tener? -me contestó mi amigo, con la mayor naturalidad del mundo-. Que está relleno.

-¿Relleno de qué? -proseguí yo, pugnando por descubrir la causa de mi estupefacción-. Por lo visto, debe ser de papeles, pues a juzgar por lo que se toca con el cuchillo, este animal trae un protocolo en el buche.

Los circunstantes rieron a mandíbula batiente mi observación.

Sintiéndome picado de la incredulidad de mis amigos, me apresuré a abrir en canal el pavo, y cuando lo hube conseguido, no sin grandes esfuerzos, dije en son de triunfo, como el Salvador de Santo Tomás:

-Ved y creed.

Había llegado el caso de que los demás participasen de mi asombro. Separadas a uno y otro lado las dos porciones carnosas de la pechuga del ave y rota la armazón de huesos y cartílagos que la sostenían, todos pudimos ver un rollo de papeles ocupando el lugar donde antes se encontraron las entrañas y donde entonces teníamos, hasta cierto punto, derecho a esperar que se encontrase un relleno un poco más gustoso y digerible.

El dueño de la casa frunció el entrecejo. La broma, caso de serlo, no podía venir sino de la parte de la cocinera, y para broma de abajo arriba, preciso era confesar que pasaba de castaño oscuro.

El resto de los circunstantes exclamaron a coro, pasado el primer momento de estupefacción, que lo fue asimismo de silencio profundo:

-Veamos, veamos qué dice en esos papeles.

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Las dos olas

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No hace muchos días que entré en el estudio de mi amigo Casado á tiempo que daba los últimos toques á un lienzo cuyo asunto llamó mi atención. Y digo asunto, porque aun cuando visto á la ligera, podría decirse que en rigor carecía de él, toda vez que era sólo un retrato: el sexo, la edad y la hermosura del tipo, junto al carácter y la grandeza del fondo, formaban cierto contraste y armonía particular, de la que brotaba una idea. ¿Y qué más debe pedirse para asunto de una obra de arte?

La mejor muestra de cortesía que puede darnos un pintor cuando se entra en su estudio, es seguir pintando. Dejar la paleta y los pinceles, equivale á decir al recien venido: «Acabe usted pronto, porque tengo que continuar».

Casado prosiguió, pues, trabajando á mi llegada: yo comencé á fumar, y como ninguna de las dos operaciones, particularmente la mía, estorba el hablar, aunque á retazos, charlamos un poco de todo, hasta venir á dar en la frase que de algún tiempo á esta parte es el eterno estribillo de mis conversaciones, siempre que acierto á encontrarme con un escritor ó artista amigo: — ¿Cuándo nos da usted algo para La Ilustración de Madrid.

— Cuando usted quiera — me respondió Casado; — pero ya ve usted, ahora no tengo nada… es decir, nada á propósito.

— ¡A propósito!… Para un periódico del género del nuestro, es todo lo que tenga algún carácter artístico ó en algún modo pueda interesar al público… por ejemplo, ese retrato… ¿por qué no nos da usted el dibujo?

— ¡De este retrato!… ¡El retrato de una niña de cuatro ó cinco años… adorada, es cierto, de sus padres y su familia, muy conocida… de su aya y en los círculos que juegan al alimón en el Parterre del Buen Retiro, y en la fuente de las Cuatro Estaciones! ¿Y qué pondríamos debajo de la lámina? Porque lo primero que necesita un grabado, como un libro ó una comedia, es un título: ¿pondríamos Retrato de la sobrina del autor? ¡Estaría chistoso! En el retrato de una persona sin importancia para la generalidad, sólo puede apreciarse el parecido ó las condiciones de la ejecución… Lo primero es grave asunto sólo para la familia; de la ejecución y el color, ¿qué puede quedar en las columnas del periódico?

— ¿Es decir — objeté yo — que usted cree que un retrato… este que tenemos delante, no es más que una fotografía iluminada… y el arte no va más allá?

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El Carnaval

Hay gentes que tienen en la uña el almanaque y saben en qué día preciso entran y salen las estaciones, cambian las lunas y caen tales ó cuales santos, éstas ó las otras fiestas. Yo tengo la felicidad de olvidar fácilmente todo lo que me importa poco, y como entre otras cosas se encuentran en el número de éstas los detalles del calendario, de aquí, que la mayor parte del año estoy como los niños en el Limbo, sin saber el día ni la hora en que me encuentro.

Para mí es primavera cuando el aire templado y suave trae á mi oído armonías extrañas envueltas en el perfume de las primeras flores, y otoño cuando al pasear por entre las largas alamedas el ruido especial de las hojas amarillas, que crujen bajo mis pies, me llena el alma de un sentimiento melancólico é indefinible. Si el viento de Guadarrama me enrojece la punta de la nariz, exclamo endosándome el gabán de más abrigo: ¡Diantre, sin saber cómo ni por donde, se nos ha entrado el invierno! Y si, por el contrario, el calor me obliga á aflojarme el nudo de la corbata, ya no me cabe duda de que el estío comienza á dorar las mieses y á tostar los hombres.

Hay sin embargo dos solemnidades ó fiestas ó como se las quiera llamar, en el año, que nunca pasan inadvertidas para mí, porque á semejanza de las golondrinas que anuncian la estación templada con su vuelta, las preceden ciertas señales características. Estas son el día de difuntos y el Carnaval. No sé precisamente en qué estación ni en qué mes; pero ello es que hay un día en el año que al pararme distraído delante de una de esas lujosas anaquelerías de la Carrera de San Jerónimo, allí donde otras veces me he detenido á contemplar uno de esos adornos de flores y de plumas destinado á ornar la espesa cabellera de una dama elegante y hermosa, y á besar con sus flotantes cabos de cintas sueltas, su redonda espalda ó su seno mal encubierto por un encaje finísimo, me encuentro con una corona de pálidas siemprevivas, en cuyo centro y entre un diluvio de lágrimas de talco, dice con letras de oro y dos colosales signos de admiración: ¡A mi esposo!

La fiesta de Todos los Santos se aproxima, digo entonces entre mí, los mercaderes de la muerte comienzan á sacar á luz la bisutería del dolor. En otras ocasiones vagando al azar por las calles comienza á sorprenderme un espectáculo extraño.

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Castillo real de Olite

(notas de un viaje por navarra).

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La ciudad de Olite, célebre en la historia de Navarra por haber tenido en ella asiento algunos de sus reyes, está situada á la margen derecha del Zidacos y en una dilatada llanura, que riegan y fecundan las aguas de este río. Tal vez para mal de sus intereses materiales, pero indudablemente para bien del artista que busca en los pueblos de la vieja España rastros de otros siglos y otras costumbres, la moderna civilización no ha llevado aún la manía de las demoliciones y las restauraciones á Olite; de modo que todavía pueden admirarse algunos notables vestigios de su esplendor pasado.

La ciudad debe su origen á la época goda en que la fundó Suintila, con el nombre de Ologito; pero de estos remotos tiempos, apenas se conserva más que la memoria del sitio que ocuparon algunos muros; pues los restos que aún se señalan como primitivos, no lo parecen.

La invasión árabe la redujo á ruinas, y después de reconquistada, comenzó á repoblarse á principios del siglo XII, creciendo poco á poco en importancia hasta llegar á ser asiento de los reyes navarros, y ver celebrar cortes importantes en su recinto.

La ciudad de Olite, aunque pequeña, anuncia desde su entrada la importancia de que gozó en un tiempo, y permite que se note á primera vista el carácter religioso y guerrero, que campea en sus monumentos más célebres. Cuando llegamos á la población, la noche había cerrado por completo y las grandes masas verticales de sus bastiones, que se destacaban oscuros sobre el cielo estrellado y de un azul intenso, parecían los gigantes guardianes de la antigua é imponente puerta ogival que da paso á su recinto. A la luz de un pequeño farolillo, que colgaban delante de un retablo empotrado en el grueso del muro, pudimos distinguir algunas figuras típicas de jornaleros del país, que volvían á sus hogares con los instrumentos de la labranza al hombro y que al entrar saludaban devotamente á la imagen.

Una calle corta, oscura y formada por casas desiguales y caprichosas, entre las que descollaban algunas, cuya masa imponente y denegrida acusaba su antigüedad, nos condujo á una gran plaza donde, según las indicaciones que traíamos, se debía de encontrar nuestro alojamiento. La posada, parador ó mesón donde al fin nos instalamos, á juzgar por la rápida y escudriñadora mirada que dirigimos á nuestro alrededor al traspasar sus umbrales, era una copia fiel de los históricos mesones que ya habíamos examinado en Castilla, y para cuya descripción puede aún aprovecharse algún párrafo de Cervantes. Con tal escrupulosidad se conservan en algunos puntos de España, la tradición de estos establecimientos públicos.

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Pensamientos

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Vosotros los que esperáis con ansia la hora de una cita; los que contáis impacientes los golpes del reloj lejano, sin ver llegar á la mujer amada; vosotros que confundís los rumores del viento con el leve crujido de la falda de seda, y sentís palpitar apresurado el corazón, primero de gozo y luego de rabia, al escuchar el eco distante de los pasos del transeunte nocturno, que se acerca poco á poco, y al fin aparece tras la esquina, y cruza la calle, y sigue indiferente su camino; vosotros que habéis calculado mil veces la distancia que media entre la casa y el sitio en que la aguardáis, y el tiempo que tardará, si ya ha salido, ó si va á salir, ó si aún se está prendiendo el último adorno para pareceres más hermosa; vosotros que habéis sentido las angustias, las esperanzas y las decepciones de esas crisis nerviosas, cuyas horas no pueden contarse como parte de la vida; vosotros solos comprenderéis la febril excitación en que vivo yo, que he pasado los días más hermosos de mi existencia, aguardando una mujer que no llega nunca…

¿Dónde me ha dado esa cita misteriosa? No lo sé. Acaso en el cielo, en otra vida anterior á la que sólo me liga ese confuso recuerdo.

Pero yo la he esperado y la espero aún, trémulo de emoción y de impaciencia. Mil mujeres pasan al lado mío: pasan unas altas y pálidas, otras morenas y ardientes; aquéllas con un suspiro, éstas con una carcajada alegre; y todas con promesas de ternura y melancolía infinitas, de placeres y de pasión sin límites. Este es su talle, aquéllos son sus ojos, y aquél el eco de su voz, semejante á una música. Pero mi alma, que es la que guarda de ella una remota memoria, se acerca á su alma… ¡y no la conoce!…

Así pasan los años, y me encuentran y me dejan sentado al borde del camino de la vida… ¡siempre esperando!…

Tal vez, viejo á la orilla del sepulcro, veré, con turbios ojos, cruzar aquella mujer tan deseada, para morir como he vivido… ¡esperando y desesperado!…

¿Qué viento la trajo hasta allí? No lo sé. Pero yo ví la flor de la semilla, que germinó en verde guirnalda de hojas, al pie del alto ciprés, que se levanta, como la última columna de un templo arruinado en medio de la llanura escueta y solitaria.

Yo ví aquella flor azul, del color de los cielos y roja como la sangre, y me acordé de nuestro imposible amor.

Un breve estío duraron los ligeros festones de verdura en derredor del viejo tronco; un breve estío duraron las campanillas azules, y las abejas de oro, y las mariposas blancas, sus amigas.

Y llegó el invierno helado, y el ciprés volvió á quedar solo, moviendo melancólicamente la cabeza, y sacudiendo los copos de nieve, alto, delgado y oscuro en medio de la blanca llanura…

¿Cuántas horas durarán tus risas y tus palabras sin sentido, tus melancolías sin causa y tus alegrías sin objeto? ¿Cuánto tiempo, en fin, durará tu amor de niña? Una breve mañana; y volverá á hacerse la noche en torno, y permaneceré solitario y triste, envuelto en las tinieblas de la vida.Yo no envidio á los que rien: es posible vivir sin reirse… ¡pero sin llorar alguna vez!…

Asómate á mi alma, y creerás que te asomas á un lago cristalino, al ver temblar tu imagen en el fondo.

Entre las oscuras ruinas, al pie de las torres cubiertas de musgo, á la sombra de los arcos y las columnas rotas crece oculta la flor del recuerdo.

Plegadas las hojas, permanece muda un día y otro á las caricias de un furtivo rayo del sol que le anuncia la mañana de las otras flores.

«Mi sol, dice, no es el sol de la alondra, el alba que espero para romper mi broche ha de clarear en el cielo de unos ojos».

Flor misteriosa y escondida, guarda tu pureza y tu perfume al abrigo de los ruinosos monumentos. Larga es la noche; pero ya las lágrimas, semejantes á gotas de rocío, anuncian la llegada del día entre las tinieblas del espíritu.

Hay un lugar en el Infierno de Dante para los grandes genios: en él coloca á los hombres célebres, que conquistaron en el mundo mayor gloria.

La justicia humana no puede hacer otra cosa, y juzga tan sólo por lo que realmente conoce.

Pero la divina lleva, sin duda, á ese mismo lugar á las inteligencias, que sin dejar rastro de sí sobre la tierra, llegan en silencio á la misma altura que aquéllos.

La justicia divina lleva también allí á los genios desconocidos.

Recuerdos de un viaje artístico

Entre los innumerables edificios que el artista encuentra en la antigua ciudad de Toledo, la basílica de Santa Leocadia es sin duda uno de los más ricos, si no en grandeza y lujo ornamental, en recuerdos y tradiciones.

Erigido sobre el sepulcro de una mártir, durante los primeros siglos de la era cristiana, las diversas razas que han dominado en nuestra Península han escrito al pasar un pensamiento sobre su frente, borrando al mismo tiempo hasta las huellas del que grabó la que le había precedido; por eso hoy, pequeño en sus proporciones y desprovisto hasta cierto punto de importancia en la parte arquitectónica, conserva todavía esa indefinible y misteriosa majestad que el tiempo imprime á los edificios que han desafiado su curso destructor ese aspecto solemne, que nos fuerza á detener nuestro paso y á descubrirnos aun en presencia de una sola piedra, á la que vive unida una tradición remota y venerable.

Cuando, después de haber recorrido una gran parte de la ciudad imperial, detuvimos nuestros pasos sobre la altura que corona el hospital de Tavera, desde la que se domina el lugar en que está situada la basílica, el día comenzaba á caer. El cielo se veía cubierto por largos jirones de nubes pardas y cobrizas, entre los que se deslizaban algunos rayos del sol, que, encendiendo sus orlas y bañando en luz la cima de los montes, doraban las altas agujas y los derruídos muros de la población que acabábamos de abandonar. La vega, que extendiéndose á nuestros pies se dilataba hasta las ondulantes colinas que se elevan en su fondo como las gradas de un colosal anfiteatro, asemejábase con sus oscuros manchones de césped y las anchas líneas amarillentas y rojas de su terreno arcilloso, á una alfombra sin límites, en la que podíamos admirar la armónica gradación de los colores que se confundían y debilitaban, marcando así sus diferentes términos y desigualdades. A nuestra izquierda, y escondiéndose por intervalos entre el follaje de sus orillas, el río se alejaba, besando los sauces que sombrean su ribera y estrellándose contra los molinos que detienen su curso, hasta bañar las blancas paredes de la fábrica de armas que aparece en su margen, en medio de un bosque de verdura. Cuanto se ofrecía á nuestros ojos formaba un conjunto pintoresco; pero diríase al contemplarlo que sobre aquel paisaje había extendido el otoño ese velo de niebla azulado y melancólico, en que se envuelve la naturaleza al sentir el soplo helado de sus tardes sin sol, ese silencio profundo, esa vaguedad sin nombre, imposible de expresar con palabras, que apoderándose de nuestro espíritu, lo sumerge en un océano de meditación y de tristeza imponderable. Claudio Lorena, en algunos de sus maravillosos países, ha logrado sorprender su secreto á la naturaleza, y ha reproducido ese último adiós del día, con todo el misterio, con toda la indefinible vaguedad que lo embellece.

Después de haber contemplado durante cortos momentos el panorama que hemos querido describir con algunos rasgos, comenzamos á descender á la llanura por una senda que nos mostró nuestro guía, y que baja serpenteando por la falda de la eminencia en que se halla el hospital de que más arriba se hizo mención.

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Roncesvalles

 

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Acorta distancia del pueblo de Roncesvalles hay una cruz de piedra, que antiguamente era conocida con el nombre de Cruz de los Peregrinos. Alguna mano piadosa la elevó allí, sin duda con objeto de que sirviese de punto de reposo á los que, llena el alma de fe, venían á visitar su célebre santuario desde los más apartados rincones de la Península.

Cuando llegué á este sitio, después de haber cruzado á pie las intrincadas sendas que conducen desde Burguete á Roncesvalles, serpenteando a lo largo inmensos bosques de hayas, el día tocaba á la mitad, y el sol, que hasta aquel momento se había mantenido oculto, comenzaba á rasgar las nubes brillando á intervalos por entre sueltos jirones.

La verde y tupida hierba que tapizaba el suelo, la fresca sombra de los árboles, el murmullo de las aguas corrientes, el magnífico horizonte que se desplegaba ante mis ojos, la hora del día y el cansancio del camino, todo parecía combinarse para hacerme comprender mejor la previsora solicitud de los que en siglos remotos habían colocado tan delicioso lugar de descanso al término de un penoso viaje.

Me senté al pie de la cruz, respiré á pleno pulmón el aire puro y sutil de la montaña, lleno de perfumes silvestres y de átomos de vida, dejé resbalar un momento la incierta mirada por los dilatados horizontes de verdura y de luz que desde allí se descubren, saqué un cigarro de la cartera de viaje, lo encendí, y después de encendido comencé á arrojar al aire bocanadas de humo.

En este momento me asaltó una idea extraña. He aquí, dije, hablando conmigo mismo, el punto donde el piadoso romero, vestido de un burdo sayal y apoyado en su tosco bordón, se prosternaba poseído de hondo respeto á la vista del santuario, como los peregrinos del Oriente se prosternan aún en la cima del monte que domina la ciudad santa: las ideas guerreras y religiosas, el sentimiento de la gloria nacional y de la fe, despertándose al eco de un nombre que ha consagrado la tradición, llenaban de piadoso recogimiento su alma, preparándola á penetrar con el entusiasmo del creyente en este maravilloso mundo de la leyenda, donde cada roca debía hablarle de un prodigio de valor ó de una aparición divina. Nada ha cambiado aquí de cuanto le impresionaba. Allí está la llanura, teatro de la sangrienta jornada, cuya memoria, prolongándose de siglo en siglo, ha hecho famoso el nombre de estos lugares: allí el santuario, cuya vetusta torre descuella airosa por cima de los puntiagudos tejados de pizarra de la población; á un lado y otro se descubren las gigantescas rocas de las cuales cada una lleva aún el nombre de un héroe legendario: el Pirineo, con las ásperas vertientes, sus peñascosas faldas cubiertas de bosques de abetos seculares y sus dentelladas crestas vestidas de eternas nieves, se alza hoy como ayer, sirviendo de magnífico fondo al cuadro. Este es el Roncesvalles de las caballerescas crónicas; este es el Roncesvalles de las maravillosas tradiciones, este, en fin, el Roncesvalles de nuestros poetas de romancero. ¿En qué consiste, pues, que, á pesar de todo, al descubrirlo hoy la imaginación se esfuerza en vano por considerar en torno suyo esa atmósfera de entusiasmo y de fe que le daba todo su prestigio? ¿Por qué me fatigo evocando recuerdos de los tiempos pasados para tratar de sentir una impresión grande y profunda, mientras mis miradas vagan, á pesar mío, de un punto á otro, distraídas é indiferentes? Nada ha cambiado aquí de cuanto nos rodea, es verdad; pero hemos cambiado nosotros: he cambiado yo, que no vengo en alas de la fe vestido de un tosco sayal y pidiendo de puerta en puerta el pan de la peregrinación, á prosternarme en el dintel del santuario, ó á recoger con respeto el polvo de la llanura, testigo del sangriento combate, sino que, guiado por la fama, y de la manera más cómoda posible, llego hasta este último confín de la Península á satisfacer una curiosidad de artista ó un capricho de desocupado.

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Historia de una mariposa y una araña

Después de tanto escribir para los demás, permitidme que un día escriba para mí.

En el discurso de mi vida me han pasado una multitud de cosas sin importancia que, sin que yo sepa el porqué, las tengo siempre en la memoria.

Yo, que olvido con la facilidad del mundo las fechas más memorables, y apenas si guardo un recuerdo confuso y semejante al de un sueño desvanecido de los acontecimientos que, por decirlo así, han cambiado mi suerte, puedo referir con los detalles más minuciosos lo que me sucedió tal o cual día, paseándome por esta o la otra parte, cuanto se dijo en una conversación sin interés ninguno tenida hace seis o siete años, o el traje, las señas y la fisonomía de una persona desconocida que mientras yo hacía esto o lo de más allá, se puso a mi lado, o me miró o le dirigí la palabra. En algunas ocasiones, y por lo regular cuando quisiera tener el pensamiento más distante de tales majaderías, porque una ocupación seria reclama mi atención y el empleo de todas mis facultades, acontece que comienzan a agolparse a mi memoria estos recuerdos importunos y la imaginación, saltando de idea en idea, se entretiene en reunirlas como en un mosaico disparatado y extravagante.

A veces creo que entre tal mujer que vi en un sitio cualquiera, entre otras ciento que he olvidado, y tal canción que oí mucho tiempo después y recuerdo mejor que otras canciones que no he podido recordar nunca, hay alguna afinidad secreta, porque a mi imaginación se ofrecen al par y siempre van unidas en mi memoria, sin que en apariencia halle entre las dos ningún punto de contacto. También me sucede dar por seguro que un hombre determinado, a quien apenas conozco, y que sin saber por qué, lo tengo a todas horas presente, ha de ejercer algún influjo en mi porvenir, y me espera en el camino de mi vida para salirme al encuentro.

De estas fútiles preocupaciones, de estos hechos aislados y sin importancia, me esfuerzo en vano cuando asaltan mi memoria en sacar alguna deducción positiva; y digo en vano, porque si bien en ciertos momentos se me figura hallar su escondida relación, y como oculto tras la forma de mi vida prosaica y material, me parece que he sorprendido algo misterioso que se encadena entre sí y con apariencias extrañas, o reproduce lo pasado o previene lo futuro, otros, y éstos son los más frecuentes, después de algunas horas de atonía de la inteligencia práctica, vuelvo al mundo de los hechos materiales y me convenzo de que, cuando menos en ocasiones, soy un completísimo mentecato.

No obstante, como tengo en la cabeza una multitud de ideas absurdas que siempre me andan dando tormento mezclándose y sobreponiéndose a las pocas negociables en el mercado del sentido común, y como he observado que una vez escrita una y arrojada al público, la olvido por completo y nunca más torna a fatigarme, voy a ir poco a poco deshaciéndome de las más rebeldes.

Yo prometo solemnemente que si a mi enferma imaginación le aprovechan estas sangrías y mañana o pasado puedo disponer de mí mismo, he de aplicar todas mis facultades a algo más que enjaretar majaderías, y tal vez mi nombre pase a las futuras generaciones, unido al de un nuevo betún, unos polvos dentífricos o algún otro descubrimiento o invención útil a la humanidad.

Entre tanto, sufrid como tantas otras impertinencias se sufren en este mundo, el relato de dos recuerdos insignificantes: la doliente historia de una mariposa blanca y una araña negra.

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